Desde que una vez yo miré, señora, vuestra verdad, jamás por mi voluntad los ojos de vos quité. Pues sin vos placer no siente mi vida, ni lo desea, si no queréis que yo os vea, ¿Qué veré que me contente?
Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados, ¿Por qué, si me miráis, miráis airados? Si cuanto más piadosos, más bellos parecéis a aquel que os mira, no me miréis con ira porque no parezcáis menos hermosos, ¡Ay tormentos rabiosos! Ojos claros, serenos, ya que así me miráis, miradme al menos.
Amor, yo nunca pensé aunque poderoso eras, que podrías tener maneras para trastornar la fe, hasta ahora que lo sé. Pensaba que conocido te debía tener, mas no pudiera creer que eras tan mal sabido, ni tampoco yo pensé, aunque poderoso eras, que podrías tener maneras para trastornar la fe, hasta ahora que lo sé.
Si por una cosa rara dos corazones tuviera, en uno Filis entrara, en otro a Doris pusiera, y allí a las dos contentara. Pero si uno solo tengo no podré darlo a ninguna, porque luego me detengo en que si lo doy a una al rigor de la otra vengo. Darlo a las doses buscar, si se examina despacio, guerra en que siempre han de estar; porque en un solo palacio dos no pueden gobernar. Qué hacer en tal confusión no alcanzo; mas si supiera, que no había de haber cuestión, sin duda a cada diera la mitad del corazón. Así una vez discurría, y amor, que en mi pecho estaba, en lo interior me decía que si a dos darlo pensaba, a ninguna lo daría. Que es la ley la más oportuna, aunque de un tan ciego dios, que se quiera sólo a una; porque aquel que quiere a dos no quiere bien a ninguna. Luego el corazón lo di a Doris; y mal pagado, al punto me arrepentí, de que no lo hubiera dado a Filis. ¡Triste de mí!
Los dientes de una ballesta me tienen clavado el vuelo. Tengo el alma desgarrada de tirar, pero no puedo arrancarme estos cerrojos que me atraviesan el pecho. Siete mil doscientas veces la luna cruzó mi cielo y otras tantas, la dorada libertad cruzó mi sueño. El Sol me hace crecer flores, ¿para qué, si estéril veo que entre los muros mi sangre se me deshoja en silencio? No sabéis lo que es un hombre, sangrando y roto, en un cepo. Si lo supieseis vendrías en las olas y en el viento, desde todos los confines, con el corazón deshecho, enarbolando los puños para salvar lo que es vuestro. Si llegáis ya tarde un día y encontráis frío mi cuerpo; de nieve, a mis camaradas entre sus cadenas muertos… recoged nuestras banderas, nuestro dolor, nuestro sueño, los nombres que en las paredes con dulce amor grabaremos. Y si no nos cerráis los ojos ¡dejadnos los muros dentro! que se pudran con el polvo de nuestra carne y no puedan ser nuevas tumbas de presos. No sabéis lo que es un hombre sangrando y roto, en un cepo. Si lo supierais vendríais, en las olas y en el viento, desde todos los confines, para salvar lo que es vuestro. Si llegáis ya tarde un día y encontráis frío mi cuerpo buscad en las soledades del muro mi testamento: al mundo le dejo todo, lo que tengo y lo que siento, lo que he sido entre los míos, lo que soy, lo que sostengo: una bandera sin llanto, un amor, algunos versos… y en las piedras lacerantes de este patio gris, desierto, mi grito, como una estatua terrible y roja, en el centro.
Mi pecado es terrible; quise llenar de estrellas el corazón del hombre. Por eso aquí entre rejas, en diecinueve inviernos perdí mis primaveras. Preso desde mi infancia ya muerte mi condena, mis ojos van secando su luz contra las piedras. Mas no hay sombra de arcángel vengador en mis venas:
Pensando el amor cazar, yo me hice cazador, y a mí cazóme el amor. Entre yo muy descuidado en el monte de cupido, por ver si había venado y hallé un ciervo escondido: muy a paso sin ruido arrojéle un pasador, y a mí cazóme el amor. Desde que herido le vi empecé a correr tras él, y corriendo me perdí por una sierra cruel; pero al fin vi un vergel, que sois vos, lleno de flor, y allí cazóme el amor.
Es imposible caminar sin piel sobre la tumba de mis sueños cuando tus ojos siguen, aún, postrados en un recuerdo, en una noche que me dejaste herrada en la piel. Ahora podrás compartir, otra cama y otro orgasmo, pero las marcas de mis labios son la hiel de tus odres, y no podrás negarle que estuviste aquí, conmigo. Siempre volverás a mí, estás atado a los ríos de mis piernas, tu eres el rumor de espinas que nace en mi vientre, el deseo que tengo oculto en un pozo de sal.
Un hombre va sin brazos por la calle. Los sueños no le bastan, la vida no le basta. El más leve escozor le puede helar la sangre. Los demás entran a la noche presuntuosos, con los brazos plenos. Y reciben el día con las manos debajo de la almohada, o apretándose el sexo, o delineando cuerpos con sus dedos. El contempla sus muñones y piensa que la noche son dos guantes negros, y el día una camisa de manga larga que nunca más podrá lucir. Su consuelo; nunca podrán crucificarlo.